Archivo el 2020-03-12

Fecundidad andaluza

El ABC daba cuenta hace unos días del caso de un español, gallego de origen, que regresa de América, donde fué soltero, acompañado de la última de sus esposas y de una legión de hijos y de nietos, en número que no recuerdo, pero que sin duda pasaba de doscientos:

El expresado diario de la Corte comentaba con asombro semejante caso de multiplicación de la especie. La lectura de tal noticia nos recordó un documento curioso, que hace tiempo, encontramos en el archivo de la parroquia de San Lorenzo, de Sevilla, y que vamos a reproducir.

Trátese de una partida de defunción, encontrada al azar, cuando buscábamos datos bien distintos a estos a que el documento se refiere.

Al folio 200 del Libro de Entierros, que comienza en el año de 1761, hay un asiento que dice así:

«En diez de Noviembre de 1788 años, los beneficiados de ésta Iglesia enterraron en ella, en la bóveda de los sacerdotes, el cuerpo del Licenciado don Juan Manuel Montiel, Ramírez Bustamante, Calderón de la Barca, capellán de ésta Iglesia y de edad de ciento veintiún años.

Hizo testamento ante José Ortiz, Escribano público de ésta Ciudad y después codicilo ante Miguel Portillo.

Se le dijo vigilia y misa de cuerpo presente; y por ser digno de memoria, se pone lo siguiente: Fue casado seis veces; tuvo cuarenta y dos hijos legítimos y diez y nueve bastardos conocidos; era de venerable presencia y muy capaz; cuando murió a los expresados 121 años de edad estaba componiendo un libro de alabanzas a Nuestra Señora, y de diecisiete años otros diferentes; fué alguacil mayor de éste Arzobispado; novicio de San Juan de Dios; navegó por muchos años; sabía perfectamente siete idiomas; fué mayordomo de las monjas de Santa Ana; luego Escribano de Cámara de esta Real Audiencia; Notario mayor de la orden de San Juan de Jerusalén; se ordenó de sacerdote a los noventa y nueve años de edad; celebró misa hasta el fin de sus días, y murió de una calda».

José María Rey



La razón del analfabetismo

Era en Filipinas, durante la dominación española, creencia muy arraigada, y defendida aún por las autoridades superiores, «que a los indios indígenas no debía enseñárseles ni la instrucción primaria, fundándose en que en tanto permaneciesen ignorantes e imbecilizados se les podía gobernar con facilidad; pero que en cuanto adquiriesen alguna cultura, se perdería el país».

Sin duda alguna, nuestros gobernantes, afianzados a esta teoría de negación civilizadora, observan la misma creencia del anterior enunciado para poder regir mejor los destinos de la nación, convencidos y temerosos de que, tan pronto consiga estar culturirizada, no ha de consentir en ser gobernada a la manera como lo está; y así se perdió Filipinas cuando aprendieron sus naturales las nociones de la dignificación, que en España, en el pueblo llano, aún se desconocen.

Esta es la explicación que nos damos del por qué siguen y se sostienen sin proveer las «diez mil escuelas» y «veinticinco mil maestros» que se necesitan en España para completar el número que asignó la ley de 9 de Septiembre de 1857: para poder gobernar con más facilidad, como a los indios de Filipinas, teniéndolos en la ignorancia.

Mas como en buena lógica no hay premisa verdadera sin su consecuencia, se deduce que, eligiendo los pueblos con los sufragios de sus votos en los comicios a los gobernantes, si los gobernados de las capas inferiores sociales carecen de las nociones de instrucción, por ser, en gran proporción, como en España, analfabetos, siendo estos, por esta inferior condición iguales en todas partes, lo mismo en Europa que en Africa; en el Congo, los jefes de los Gobiernos se convierten, «per se», en jefes de admires, de cabilas o de tribus, sin distinción alguna de Abd-el-Káder, Ben Mojatar. Abd-el-Gafur o Abd-el-Lah; y como el derivado de inculto es sinónimo de salvaje, de ahí que las naciones que aún cuentan en grandísimo número los que por no saber firmar ponen unas aspas, que es el signo prehistórico del primitivo nomadismo; esa parte de los habitantes está por civilizar.

Es vulgar, por lo sabido, que en esta hermosa, selvática, agreste y montaraz Andalucía, son muchísimos e innumerables los pueblos muy grandes, y aún capitalitas, que no sólo no tienen la mitad de las escuelas necesarias y que corresponden en proporción a su densidad de vecindario, sino, lo que es peor, que, como dice el cantar de la «Málaga, ciudad bravía, —que entre antiguas y modernas—, cuenta con diez mil tabernas —y nin-guna librería—; «el peor» de todos los negocios es el de las artes gráficas o comercio de libros, y que son contadísimos los que escriben alguno que no pierdan el tiempo y el dinero por falta de lectores, acusando el estado de «parálisis mental» que padecemos, y así se confirma la creencia —repetimos— de que se gobierna más facilmente y mejor el país cuanto más inconsciente e ignorante esté.

El ramo de instrucción pública, que en otro tiempo fué sólo una Sección del ministerio de Fomento, y aún podía continuar para lo que hace siendo un Negociado solamente, puesto que, según confiesan sus mismos funcionarios envidiados, son los servicios más cómodos, holgados y de menos que hacer que todos los demás servicios del Estado, se constituyó en ministerio independiente para justificar de alguna manera el aumento de un consejero de la corona y el gasto de una cartera que nunca dió gran traba a su personal.

La única Escuela que en España ha prosperado más que las de Aristóteles, de Pitágoras y de lodos los demás Centros docentes de instrucción, fue la Escuela nacional de tauromaquia sevillana, creada por real orden de su majestad el rey don Fernando VII, cuya estatua en bronce aún perdura erigida y esbelta a través del tiempo en los jardines reservados de San Telmo, y para cuyos gastos fué preciso «suprimir en compensación la Universidad más antigua y gloriosa, de fama mundial», cuya Academia Taurina, a pesar del poco tiempo que existió, graduó de doctores a un centenar de aprovechados «alumnos», desde Cúchares, Montes, Cayetano Sanz, el Chiclanero. Pepe-Hillo, y otros, siguiendo aún, por herencia, predominando su influencia en la región y en toda la nación.

Por si aún era esto poco, la pluma de oro del escritor den Vicente Blasco Ibáñez, trasladando su famosa novela «Sangre y arena» a la película cinematográfica, va a recorrer el resto del mundo en que aún no se conozca ni se haya presenciado nuestra fiesta nacional.

En estos días ha publicado la Prensa la nota de carácter cultural de que el ministro de Hacienda proyecta y se propone crear un elevado impuesto especial sobre las ganaderías de reses bravas;’ pero seguramente no podrá realizarlo por la influencia de los próceres ganaderos que patrocinan y fomentan el toreo, señores duques de V. y de T.; marqueses de Santa C. y Santa M., de G. y de S.; conde de I.; señor don A. M., gran amigo de M. y otros, todos los cuales harán que fracase el «intento de descabello» y quede todo como está, y si no, al tiempo.

La única nota simpática en esta cuestión entre la instrucción y el toreo, se ha dado en Sevilla, con la fundación de los grupos de escuelas de la Macarena, de Triana y de San Bernardo, precisamente de los tres barrios más toreros de Sevilla, como protesta contra la taurolatría, poniendo en cada uno de ellos un Centro de enseñanza y de cultura, y aún se completaría edificando otro grupito escolar en el paseo de Colón, junto a la plaza de toros, que si faltan diez mil escuelas y veinticinco mil maestros, según la ley, en cambio, hay sólo en Sevilla veinticinco ganaderías de reses bravas y treinta y ocho matadores de toros de cartel, y váyase lo uno por lo otro.

Manuel Rabadán



Un busto de Fragero

Interceptando la circulación pública , un limpiabotas se halla sentado sobre la arquilla, precisamente en la puerta de don Agustín Fragero Serrano, de lo que resulta que también molesta al numeroso público que entra y sale de la tienda para adquirir gafas, lentes, postales, etcétera, etcétera y para celebrar al mismo tiempo las inagotables ocurrencias del simpático industrial.

En esto sale, riendo a más no poder, un señor que tiene bien señalado su carácter de hombre serio, incapaz de alterar el gesto corriente ni con la leve sonrisa de un saludo.

El limpiabotas estira el cuello y, metiendo la cabeza en la tienda, como si asomase un matasuegras, dice regocijadamente: ¡No hay quien se le resista, don Agustín! ¡También don Juan, que presume de serio, sale doblado de risa! ¡Y antes se marchó don Pedro, riéndose tanto que se quejaba! ¡Ya no podía más! Yo le llamo barriguita alegre, porque en cuanto se ríe mueve el chaleco como si le hiciesen cosquillas. Fragero, benévolo, da las gracias con un gesto y dice: Bueno, hombre, pero hazme el favor de irte porque estás interceptando la circulación pública, y no vaya a ocurrir que se me pierdan algunas postales de estas que tengo tan cerquita de la puerta.

El limpiabotas, a quien las hambres prematuras han dejado endeble y flaco como un viejo, se retira resignado, en busca de lo ancho de la calle.

A poco, Fragero nota la falta de una serie de postales de Córdoba, caprichosamente colocadas en un abanico hecho exprofeso.

Se indigna, protesta, clama contra los guardias municipales, porque no ejercen la vigilancia debida y, en fin de cuentas, vuelve a sumergirse en su tiendecita para atender a un grupo de extranjeras.

Nueva contrariedad: Fragero no halla medio de en tenderse con ellas. Les enseña postales, lentes, fotografías, relojes… Advierte que las visitantes mudan de idioma, buscando el más comprensible para él, pero todo es inútil.

Harto ya de aquella incomprensible escena de película, en la que todos gesticulan y todos se entienden menos él, Fragero exclama: Pero, señor, ¿por qué aquella gente de la antigüedad daría lugar a lo de Babel? ¿No estaría mejor que todos hablasen como nosotros, tan claro y tan bien?

En esto, un hombre de facha inconfundiblemente andaluza, hasta el punto de que cuando menos se le podía suponer pajaritero, mete la cabeza en la tienda y, sin quitarse el ancho sombrero —quizá porque no sería postizo, de los de quita y pon, sino como una tapadera soldada al puchero, formando una sola cosa con la testa— pregunta entre dientes: ¿Tie usté jilo pa re de corní?

Fragero se queda perplejo: ¡tampoco entiende a aquel hombre, que es de la tierra, indudablemente! Sacando fuerzas de flaqueza, para vencer tantas contrariedades, para no perder la cabeza creyendo que, como un hombre cualquiera de la torre de Babel, ha salido de pronto hablando una lengua tan completamente nueva que nadie le entiende, dice al extraño parroquiano: Pase usted y siéntese ¡y cúbrase, si no es por comodidad!

El otro, que no entiende de cortesías y que no sabe quitarse el sombrero, repite la pregunta, silabeando: ¿Que si tie usté jilo para re de corní? Fragero cae al fin en la cuenta y dice resignadamente: ¿Quiere usted hacer el favor de marcharse de aquí para toda la vida, porque uno de los dos está demás en el mundo?

¿Usted cree que yo voy a tener en esta tienda hilo de redes para cazar codornices?

¿Por qué no?, replica impertérrito el del sombrero, quien retira la cabeza y desaparece.

A poco penetra un mozo de fonda, muy ducho en la fructuosa tarea de acompañar extranjeros.

¡Aquel hombre es su salvación! Fragero se entrega a él en cuerpo y alma.

El mozo entabla un animado diálogo, pronunciado con neto acento de la tierra un cúmulo de palabras extrañas.

Una de las visitantes abre un diccionario de bolsillo y, con gesto de interrogación, le señala una palabra: Siesta.

El intérprete, con aire de sufi-ciencia, responde sin titubear: Eso es una cosa que se duerme.

Nuevo gesto de interrogación en la extranjera, y el mozo que añade en el acto: Ende lar do pa lante.

La del diccionario abre el librito dispuesta a encontrar estas palabras tan castizamente alteradas. Fragero, comprendiendo que aquello no ha de terminar en la vida, mira al intérprete y adopta un aire de cómica resignación, como si dijera: ¿Para cuando serán las muertes repentinas, mal alma, que las entiendes menos que yo, porque todavía no me has dicho qué es lo que quieren?

Con estrépito de caudillo triunfante en descomunal batalla, un guardia municipal irrumpe en la tiendecita. Victoriosamente muestra en la manaza derecha, como si fuera un gorrioncillo, al desmedrado limpiabotas que momentos antes interceptaba el tránsito público en la gradilla de la tienda del señor Fragero. Amarillo como la manteca de Soria, temblando más que un pelele y con los pelos de punta, el pobre era la viva imagen del susto.

El guardia decía a voces: ¡Aquí lo tiene usted! ¡Este es el que le ha robado el abanico de postales! Fragero, indignado por aquella manera de tratar a un gorrioncillo del arroyo, se dirigió al guardia y, sin pensar siquiera lo que hacía, le quitó al muchacho, diciendo: ¡Siempre hacen las cosas al revés: ¡Este no me ha robado nada! ¡Yo le dí el abanico de postales para que lo vendiera por ahí!

Entregó el abanico al muchacho, se fué éste, con el asombro y la alegría pintados en la viva cara de hambre, y el guardia se fué asimismo, mohino y cabizbajo, pensando que también en aquella ocasión se había colado torpemente.

Al momento volvió el muchacho.

Casi llorando, devolvió el abanico de postales, exclamando con voz entrecortada: ¡Don Agustín, perdóneme usted por Dios! ¡Es que tenía hambre y un chavalón me sonsacó para que le quitase a usted el abanico de postales!

Perdona de buen grado Fragero, satisfecho de la piadosa acción, y se pone a charlar regocijadamente con un grupo de amigos. Ahora toca otra cuerda: la necesidad de exaltar el cordobesismo en todas sus formas. Les habla de la industria de la seda, refiriendo que sus hijos tienen muchos gusanos, pero que no podrían seguir el simpático entretenimiento, por falta de morera.

Les habla también de los pájaros, diciendo de los gorriones que los agricultores los matan porque aquellos no saben hablar. Si hablasen dirían: No me mates; es verdad que me he comido un grano de trigo. Tú mismo lo has visto y yo no lo niego, pero es que no te fijas en que te he salvado nueve a causa de los insectos que he matado.

Y así, ocurrente y bueno, ingenioso siempre, Fragero sigue atendiendo a todos, un día y otro; muchos, todos, hasta el punto de que pudiera decirse que a su tienda van los amigos y clientes, más que por adquirir postales, lentes, máquinas fotográficas y relojes, para pasar el rato divertidamente.

He aquí que uno de sus muchos amigos —don Dionisio Pastor Valsero, artista ;de verdad, tan bueno como modesto— le ha hecho un busto de tan admirable parecido que puede ser reproducido al lado del original.

D. Dionisio Pastor Valsero (escultor) y D. Agustín Fragero Serrano, prestigioso óptico que tuvo el negocio en la calle Gondomar.

Esta muestra de afecto y simpa-tía, bien la merece Fragero, quien con ostensible satisfacción recibe generales felicitaciones. Entre estas hubo una que contenía un ligero reparo: está muy bien hecho el busto, pero ya podía D. Dionisio Pastor haber empezado por algún cordobés de fama, como Séneca.

Ante la violen ta comparación, Fragero se sujeta al mostrador, para no caer de espaldas, y replica: Sí, pero el caso es que en mi casa a quien me conocen es a mí y el busto que quieren tener es el mío.

Verdad —arguyó el otro—, pero Séneca representa una civilización entera…

¡Si no lo niego -insiste Frage-ro— ! ¡Si yo quiero mucho a don Lucio Anneo! Y en eso de la civilizacién, supongamos que don Lucio entrase ahora aquí mismo y que yo le dijese, para hacerle los honores: tenga usted este cronómetro, que yo tengo gusto en regalárselo, y entreténgase en mirar estas vistas de Córdoba en el veráscopo, que yo voy a avisar por el teléfono para que nos preparen un automóvil; esta noche iremos al cinematógrafo… Don Lucio se quedaría extrañado: ¡cronómetro, teléfono, automóvil, cinematógrafo!

Ello es que don Dionisio Pastor ha hecho una obra admirable, a la que ha infundido el alma misma del modelo y que esta prueba de amistad hacia un hombre ingenioso y bueno constituye como un anuncio de mayores empresas, en las que según el propósito del alcalde de Córdoba señor Muñoz Pérez —se acometa la reproducción, ya con destino a los jardines de Córdoba, de aquellas cabezas inmortales en las que anidara el genio imperecedero de Séneca, Osio, Averroes, Góngora, Valera…

Redacción



Impresiones de Córdoba

Al escribir estas lineas, paréceme que aún escucho las voces argentinas, las piadosas y galantísimas frases que fueron para mí como un rocío que refrescó las tristes arideces de mi vida. Vuelvo a experimentar las impresiones que agitaron mi pecho durante una excursión al legendario castillo de Almodóvar. Fueron aquellas impresiones tan profundas y bellas, que siempre, siempre habré de recordarlas con indecible júbilo.

Sugestiva en extremo resulta desde lejos la gigantesca mole del castillo que allá, en lo alto, semeja una atalaya formidable, un avanzado centinela que siempre está velando el dulce sueño de la hechicera Córdoba. Y ya en el interior del edificio, recorriendo sus patios, descendiendo a su cueva misteriosa y ascendiendo a sus torres majestuosas; instalándose en la histórica Torre del Homenaje, desde cuya altura se contempla un hermoso panorama: el cielo, de un azul esplendoroso; el dilatado valle cubierto de verdura que sonríe; el caudaloso Guadalquivir, que corre acariciando con plácidos rumores las bellezas del cielo y de la tierra. A los pies del coloso ríe también el blanco caserío —bandada de palomas—, de un pueblo laborioso, y allá, lejos, muy lejos, se contemplan horizontes brumosos, alturas que se pierden entre la niebla que parece hablarnos de lejanas grandezas, del pasado esplendor do la romántica, de la doliente Córdoba,que hoy sueña con una extraña vida.

En las alturas del castillo, en una de sus torres gigantescas, volqué la urna de mis sentimientos para rendir un homenaje de simpatía, de admiración y gratitud a las almas ardientes y soñadoras —almas de artistas—, que habían transformado mis tristezas en los goces más íntimos, en los goces de un espíritu errante que se ha sentido huérfano y de pronto se siente acompañado, siente los aleteos de otros espíritus iluminados con los resplandores del Arte excelso; espíritus que me alentaron con sus palpitaciones y me prestaron la fuerza de sus alas para ascender con ellos al cielo de los grandes ideales.

En la torres del castillo de Almodóvar, en aquellas alturas que me acercaron a la esplendente cumbre de las noblezas y gallardías de las almas. que consolaron mis amarguras; en aquella alta cumbre creí escuchar las vibraciones de un himno majestuoso, cantado allá, en los bosques milenarios, en las selvas dolientes de la América Española.

Y creí que en mi frente palpitaban los besos de mi Patria infortunada, en la forma de brisas impregnadas en el perfume de losjardines de otra Córdoba inolvidable, la Córdoba que allá en el ensangrentado suelo mejicano, en los vergeles veracruzanos, ostenta, como esta Córdoba divina, galas esplendorosas.

Después de aquellas horas de intensa vida, vienen otros instantes de halagadoras, de hondas evocaciones; instantes que podríanse llamar de dulce felicidad.

Es allá, en el seno piadoso de un hogar tranquilo que se ha transformado en un templo del Arte; allá, en un rinconcito de cielo donde todo es delicado, espiritual y bello; es allí, donde el alma de un piano acariciado por las manos de un ángel, me hace escuchar las quejas dolorosas, los suspiros y los sollozos del alma enferma de Chopín, de aquel divino soñador, de aquel ardiente y pálido visionario que cruzó por la vida buscando un imposible.

Y ante las vibraciones de aquella Música de dolor y de ternura, de listeza y de amor incomprendido, sentí de nuevo palpitar en mi alma los jirones de muertos ideales, y me interné en la vida del ensueño, la vida del recuerdo, esa segunda vida de los que no tenemos ya el derecho de llamar a las puertas de la felicidad, sino el triste derecho de acariciar la sombra de lo que ya se ha ido y no volverá nunca.

Horas de idealidad encantadora que me disteis dulcísimo consuelo: ¡nunca os podréis borrar de mi memoria!

¿Y qué decir de aquellos inolvidables instantes, de aquella noche en que creí que algo sobrenatural conmovía mi alma, perdida en la penumbra misteriosa de la Mezquita de Córdoba? En los primeros momentos sentí una imperiosa necesidad de callar, de admirar en silencio aquel cuadro estupendo, la severa suntuosidad de aquel sagrado recinto donde se escucha el eco de los siglos pasados; donde parece que aún luchan dos épocas, dos razas, dos religiones que se disputan la posesión de ese grandioso santuario de las más íntimas creencias; de esa portentosa obra de arte, de ese mundo de mágica orfebrería, sostenido por un bosque de marmóreas columnas, de capiteles y arcos que parecen hechos de encajes maravillosos. En medio de estas suntuosidades mi espíritu sentíase empequeñecido, y en mis labios no había una frase que intentara, siquiera, expresar las ideas que aleteaban en mi mente inquieta. Pero voces amigas, cariñosos acentos de almas que comprendieron mi turbación y mi encanto, me hicieron oportunas observaciones, me hablaron de hechos históricos; me hablaron de arte, del divino Arte, y de cosas infinitamente elevadas, infinitamente armoniosas e infinitamente consoladoras.

Ya había yo sentido desatarse las alas de mi pensamiento; ya tendía mi vuelo por un mundo ideal, cuando el silencio que reinaba en las naves imponentes se transformó en un canto prodigioso, en los acordes de una música arrobadora, de una plegaria inmensa expresada con todas las candencias, con todas las armonías, con todas las ternuras, con toda la inspiración de un canto que pretende levantarse hasta el cielo. Eran las notas misteriosas del Miserere, que aprisionadas por un momento bajo las augustas bóvedas de la Mezquita, huían de su prisión y se elevaban al espacio infinito.

Y el acento armonioso, la voz de una criatura encantadora, toda ensueño y ternura, me habló, con elocuencia, de Maese Pérez el Organista, y de otras creaciones admirables del infortunado Bécquer. ;Ah, el recuerdo de Bécquer, del autor de las rimas eternas y las áureas leyendas…! El soñador espíritu de Bécquer se sentía flotar en un divino ambiente de arte, de ideal y de grandezas espirituales.

Tan profundas y tan bellas como estas impresiones, Córdoba me ha brindado, en distintos lugares y en diferentes formas —siempre delicadas, siempre espirituales—, otras noblezas, otras gallardías y otros consuelos para mi vida errante.

Un poeta inspirado, de levantados y potentes méritos, me concede la honra de pasearme, acompañado de su dignísima familia y en lujoso automóvil, por los bellos alrededores de Córdoba, donde hay una espléndida vegetación, donde se admiran hermosisimos jardines y desde donde se contempla un panorama encantador. Otro poeta sentimental, un trovador de aquellos que viven en el mundo de los recuerdos, de las tristezas, de los ideales y las esperanzas; ese poeta sentimental y un amigo del alma, un elevado espíritu que vive con la vida de la idea, con la vida del sentimiento, con la vida del Arte, con la vida más íntima y más noble, concentrada en un templo donde las oraciones son el perfume de las flores, el perfume de las ternuras y el esplendor del genio que palpita en admirables lienzos. Aquellos dos guías espirituales me acompañan una noche para recorrer las estrecha; tortuosas y poéticas calles de Córdoba; me llevan por jardines encantados, recorremos un parque donde puede aspirarse, con delicia, el divino perfume de níveos azahares. Y el poeta me habla de su vida, de sus intimidades dolorosas y de sus esperanzas para el porvenir.

Esta corriente de simpatía y confraternidad me proporciona una íntima satisfacción, la que han aumentado, con delicadeza y exquisita galantería, otros poetas que me han brindado con los frutos de su inspiración; y otros intelectuales, los siempre fraternales periodistas, entre los que, sin negar a otros mi estimación y gratitud, quiero aquí consagrar un recuerdo especial, o más bien un homenaje de cariño, de reconocimiento y confraternidad, a mi querido amigo García Nielfa, en cuyo elevado espíritu palpitan amplias ideas, nobilísimos sentimientos y un vehemente deseo de que la heroica raza española, conquistadora de tantos pueblos y creadora de un Mundo, se una y se levante hasta la altura donde debe ostentar sus gallardías, su heroísmo y nobleza por ninguna otra raza superados.

¡Bella y legítima aspiración, la de García Nielfa! Despertar los dormidos sentimientos que han de engendrar impulsos generosos; exaltar los impulsos creadores de una fuerza redentora; ejercitar esa fuerza en bien de la Patria común, sin divisiones políticas, sin los odios innobles que alejan, que disgregan a los pueblos que, por su historia, por su lengua, por sus tradiciones, por sus comunes intereses deberían hallarse siempre unidos, estrechamente unidos, con vigorosos lazos de confraternidad que les dignificaran a la vez que pudieran engrandecerles.

¡Bello ideal que debieran alentar muchas almas, elevar muchos espíritus, unir muchas voluntades y producir la cristalización de un ensueño luminoso, la creación de una Patria poderosa, de una Madre magnánima que tendiera sus brazos cariñosos para salvar a sus dolientes hijas, las jóvenes Repúblicas que un día surgieron, no a una vida independiente y libre, sino a una vida tormentosa, allá en el Nuevo Mundo, allá en la hermosa América Española…!

Juan Castro



Hacen falta escuelas

"El pueblo que tiene las mejores Escuelas es el mejor pueblo y si no lo es hoy lo será mañana" Julio Simón. 

Tan importante como el saneamiento de Córdoba, que tiende a transformar el estado material de la urbe, el continente, es la necesidad de mejorar la ciudad en su aspecto espiritual, en su contenido. La cifra de mortalidad (3,6 por 100) es, en efecto, horrible; pero, la que marca nuestro analfabetismo (55 por 100), es sencillamente vergonzosa.

Nos hacen falta Escuelas. Y es preciso tomar decisiones sobre el asunto, simultáneamente con el imprescindible de sanear la ciudad, que sería error grave en un pueblo como en una familia, al pensar en el porvenir de sus hijos, atender sólo a sus cuidados corporales olvidando su desarrollo intelectual. El uno es complemento del otro, que el ideal educativo es lograr individuos de inteligencia sana en cuerpo sano, según el aforismo do Juvenal.

Nos hacen falta Escuelas, que las que existen no bastan, que las que funcionan no sirven: tenemos, para una población escolar de 7.000 niños, 21 escuelas públicas con 31 maestros, que, abandonando el resto a las escuelas privadas o al desamparo, atienden a 2.220 niños solamente y aún así, con un promedio de más de setenta niños por maestro, siendo así que en Francia no excede de 36. Pero, además, estas Escuelas no sirven. ¡Sólo dos son graduadas !Ninguna tiene un campo de recreo proporcionado, ni el jardín necesario, ni baños, ni gimnasio, ni museos escolares, ni salas de trabajos manuales. Limitadas al salón-almacén de niños, al aula, ni aún ésta reúne condiciones apetecibles de higiene ordinariamente, y ya los inspectores médico-escolares dictaminaron el cierre de un gran número y la reforma de las restantes.

Nos hacen falta Escuelas, que por ahí debe iniciarse el impulso renovador de nuestros pueblos yertos; que en la Escuela se infiltra la savia que luego vivifica la Agricultura, la Industria, el Comercio, las Artes y las Ciencias; que de la Escuela deriva la riqueza de los pueblos poderosos, que no son cultos por ser ricos sino a la inversa: no hay capital más reproductivo, ni individual ni socialmente, que el empleado en desarrollar la inteligencia.

Nos hacen falta Escuelas, sí, es ya un lugar común repetirlo, es ya un tópico vulgar. Ahora bien, es preciso profundizar en el asunto, que es defecto bastante generalizado entre españoles satisfacernos con las palabras sin ahondar su sentido —por eso obtienen aquí tanto éxito las frases hechas.

La necesidad de crear Escuelas está sentida desde hace tiempo en Córdoba y decidida y aceptada la idea, aunque la realidad no lo revele. Y si alguna aislada tentativa se ha hecho, por ese defecto, antes apuntado, de tomar las palabras sin su sentido, sin su traducción al ideariurn moderno, no se ha sabido salir do planear unos salones más o menos amplios y con mejores o peores condiciones donde, a la rutinaria manera antigua, retener almacenadas, unas cuantas horas, varias docenas de muchachos.

Y la Escuela hoy no es eso: la Escuela necesita de un edificio adecuado a sus fines, tan esencialmente como de un maestro bueno, que si es verdad que de nada sirve el mejor edificio sin un maestro apto, poco puede hacer tampoco, y aún eso a costa de riesgos graves para la salud, un buen maestro en un local confinado y rodeado de setenta o más chiquillos de diversas edades y nivel intelectual.

Tratemos del edificio. Dice Martí y Alpera: «No puede prosperar ninguna mejora escolar mientras no comencemos por el principio, es decir, por la construcción de Escuelas». Como cualquier propietario a quien interese una edificación, el Municipio, a quien incumbe la de las Escuelas, necesita disponer primero de solares, tener luego el plan y el plano de lo que va a realizar y después el , dinero para llevarlo a la práctica. ¿No es esto? Pues busquemos solares.

Para tener una buena Escuela lo único importante es contar con la mayor extensión posible de terreno salubre. Los inconvenientes de orientación, emplazamiento, etc., desaparecen tan luego como se logra esta primordial condición. Con un solar grande y sano es punto menos que imposible no tener una Escuela admirable, sean cualesquiera las dificultades que para su construcción oponga la escasez de medios intelectuales o materiales de la localidad y que se orillan harto más simplemente que las que nacen de la insuficiencia del terreno.. Así se explica Giner de los Ríos en su folleto Campos escolares. Claro os que esos grandes solares de que habla, en las poblaciones no se encuentran, a no ser a altos precios inaccesibles, en el interior; pero se eligen los alrededores de la ciudad, lo que tiene además las ventajas apreciables de que la luz y el aire bañan con más pureza y limpidez los débiles organismos infantiles y que no molestan, ni al niño ni al maestro, los ruidos de la calle.

Guiados de estas ideas, podemos elegir diez grandes solares, de 3.000 metros cuadrados como mínimun, en terrenos comunales (lo que significa sin gastarse una peseta), para edificar diez grupos escolares, como para 500 niños cada uno, lo que llenaría nuestras necesidades, en los sitios siguientes:
Uno en el Campo de la Verdad.
Otro en la Ribera.
Otro en el Campo de Madre de Dios.
Otro en el de San Antón, o en sus cercanías.
Otro en la Plaza de los Padres de Gracia.
Otro en la Plaza de las Ollerías, frente a San Cayetano.
Otro en el Campo de la Merced.
Otro por la Puerta de Sevilla.
Dos en los extremos opuestos de la Victoria.

Los inconvenientes que ofrecen algunos sitios tienen fácil remedio; las Escuelas emplazadas en ellos servirían perfectamente los barrios circundantes y ninguna distaría, de la casa más lejana del sector a que sirviera, más de 500 metros; tendríamos edificios aislados y desde el punto de vista general obligarían a urbanizar los alrededores del emplazamiento; la Escuela en sí sería ya un elemento de embellecimiento magnífico y eso ganarían los descuidados barrios periféricos.

En posesión de los solares, lo que después interesa es saber cómo van a ser los edificios que queremos elevar, para formar nuestro plan, que traducido en líneas nos servirá de plano.

Todo el lujo de amplitud que pedimos para las dimensiones, recomendamos de modestia para las construcciones. En conjunto la Escuela debe ser sencilla en sus elementos, sin barroquismos, aditamentos ni ornamentación superflua; franca y veraz en su expresión estructural, con sus materiales constructivos manifiestos, sin artificios, pinturas ni fingimientos; higiénica en su constitución, suelo bien saneado, jardines y patios limpios con esmero, interior liso sin molduras ni rincones, mucha luz y mucho aire puro; estéticamente debe recordar el arte regional. En su distribución debe tenerse en cuenta que la Escuela es hoy sitio donde el niño debe recibir su educación integral, física, intelectual y moral. Para su desarrollo físico debe proporcionárselo, con las condiciones higiénicas antedichas, el jardín para los niños ( Kindergarten), el gran patio de, recreo donde los mayorcitos puedan correr, el gimnasio donde desarrollar su agilidad y su fuerza; los cuartos de baños, duchas, lavabos y W.C., donde acostumbrar
los a la limpieza, que es salud, las dependencias para establecer las cantinas escolares. Para su desarrollo intelectual, las aulas para grupos varios en edad e inteligencia —sistema graduado—, locales de capacidad no demasiado grande, como para contener 40 niños a lo más; el museo escolar y la sala de trabajos manuales, donde habituar a los niños a ser prácticos, no verbalistas. En cuanto a su desarrollo moral, aparte del enorme papel que al maestro corresponde, nadie puede desconocer la influencia que ejerce en la bondad del hombre la bondad del ambiente, de las cosas que le rodean. Todos los elementos deben contribuir a obtener el desarrollo integral que se apetece.

Una advertencia: la Escuela someramente descrita, no es un ideal de Escuela, así son en Suiza, en Francia, en Alemania, en Inglaterra, en Dinamarca, en Suecia y en Noruega. Yo las he visto en varios de esos países, y si mi palabra es modesta para aseveraciones rotundas, véase el folleto de Martí y Alpera «Por las Escuelas de Europa»; los de Sáenz Barés «Construcciones Escolares»; la obra de Mr. Baudin «Les constructions scolaires en Suisse»; la revista «Das Schulzimmer» etc.

Así deben ser nuestras Escuelas futuras. Ya tenemos solares, el plan, la idea, el programa del edificio, casi el plano …

Francisco Azorín



Paisaje cordobés

Como presa de horrible calentura
arde la sierra, por el sol tostada;
el ave soñolienta, aletargada,
busca sombra del bosque en la espesura.

Silenciosos están monte y llanura;
el rebaño dormita en la majada,
sobre la flor la mariposa alada,
en la extensión inmensa la Natura.

La espiga en los trigales cabecea,
en la gruta el reptil busca reposo,
el labriego descansa en fresca umbría,

y Dios desde su trono se recrea,
en el cuadro estival, sublime, hermoso,
lleno de luz, de encanto y de poesía.

Ricardo de Montis