Los ojos verdes

Ya no te quiero, morena,
la de los ojazos negros;
que has abrasado mi alma
con tus miradas de fuego.

La de los ojos azules,
a tí tampoco le quiero;
que me engañaste, traidora,
con tus miradas de cielo.

La de los ojos melados,
insulsos y somnolientos,
que ni apasionan, ni alientan,
ni son bonitos ni feos;
la de los ojitos garzos
con tus miradas de cuervo:
no soñéis con el poeta,
que os ha cerrado su pecho.

Oh, tú, virgencita griega,
la de los ojos risueños,
verdes como la esmeralda,
como la esperanza bellos:
mírame, que tus miradas
serán eficaz remedio
para cerrar las heridas
que otras miradas me abrieron.

Ojos que sois mar en calma
en cuyas ondas navego:
ojos dulces, ojos claros…
¡ojos de mi pensamiento!

Antonio Arévalo



Paisaje cordobés

Semeja, por la noche, el viejo Puente
un monstruo que, rendido de fatiga,
posa en el césped y su sed mitiga
del Betis en la límpida corriente.

La luna, de secretos confidente,
de lo vetusto y misterioso amiga,
besos de luz al monstruo le prodiga
y al agua da esplendor fosforescente.

La brisa, perfumada por las flores,
el eco trae de una canción de amores
que va a perderse en el confín lejano,
como del río el murmurar constante,
himno sublime del amor triunfante,
se pierde en los abismos del océano.

Ricardo de Montis

La Primera Palma

Canción de Abderramán

Tú también, insigne palma, eres aquí forastera;
de Algarbe las dulces auras tu pompa halagan y besan.

En fecundo suelo arraigas y al cielo tu cima elevas.

Tristes lágrimas lloraras si cual yo sentir pudieras;
tú no sientes contratiempos como yo, de suerte adversa.

A mi de pena y dolor continuas lluvias me anegan;
con mis lágrimas regué las palmas que el Forat riega,
pero las palmas y el río se olvidaron de mis penas,
cuando mis infaustos hados y de Alabas la fiereza
me forzaron a dejar del alma las dulces prendas.

A ti de mi patria amada ningún recuerdo te queda,
pero yo, triste, no puedo dejar de llorar por ella.

Redacción



Periódico nuevo

Al notable periodista Pedro Moro en la fundación de la Revista CÓRDOBA.

Cual prodigio del Arte noble y potente
de la ciudad bendita que el Betis baña,
hoy brota, por milagro de amor ferviente,
una «Córdoba» nueva dentro de España.

Y el laurel que la Madre lleva en la frente
—laurel inmarcesible que no se empaña—
deslumbra como beso de sol fulgente
buscando admiraciones en tierra extraña.

Por el vivo entusiasmo que en ti palpita,
ya tiene la Sultana, la soñadora,
una voz de ternura santa y bendita.

Y, para que florezca con voz de aurora,
¡ bautízala en la gloria de la Mezquita,
y hazla, como la Madre, cristiana y mora!

M. R. Blanco Belmonte



Apóstrofe

Avaro, miserable,
que sobre el oro dejas la existencia
¿cómo recibirás en tu conciencia
a la muerte implacable?

Hombre que por la vida
pasas como una sombra pavorosa
¿despertará en el frío de la fosa
tu caridad dormida?

Espíritu mezquino
que no lloras de amor ni de alegría,
tu alma, que de cariño está vacía,
no sabe que en el polvo del camino
hay pesar y consuelo,
hay sonrisas del cielo,
y juventud gloriosa
que sabe dar amor por ser dichosa.

Avaro miserable,
si la muerte implacable
te sorprende y te hiere
oro tu cuerpo ya ¿para qué quieres?

No oíste, desdichado,
que el Redentor del mundo te ha salvado
para que en un alarde de bondad
anuncies su generosidad?

El lo dió todo; daba
su palabra de paz, y la caricia;
dió perdón, su caudal, y la de!icia
de vivir, floreció cuando cruzaba…

Avaro, peregrino,
todo esterilidad será tu sino;
eres corno un dolor de carne y lodo;
y en nombre de Jesús el Galileo,
condenado serás, por el deseo
¡de no dar izada, y de tenerlo todo!

Avaro, miserable,
que sobre el oro dejas la existencia
¿cómo recibirás en tu conciencia
a la muerte implacable?

Hombre que por la vida
pasas como una sombra pavorosa
¿despertará en el frío de la fosa
tu caridad dormida?

Espíritu mezquino
que no lloras de amor ni de alegría,
tu alma, que de cariño está vacía,
no sabe que en el polvo del camino
hay pesar y consuelo,
hay sonrisas del cielo,
y juventud gloriosa
que sabe dar amor por ser dichosa.

Avaro miserable,
si la muerte implacable
te sorprende y te hiere
oro tu cuerpo ya ¿para qué quieres?

No oíste, desdichado,
que el Redentor del mundo te ha salvado
para que en un alarde de bondad
anuncies su generosidad?

El lo dió todo; daba
su palabra de paz, y la caricia;
dió perdón, su caudal, y la de!icia
de vivir, floreció cuando cruzaba…

Avaro, peregrino,
todo esterilidad será tu sino;
eres corno un dolor de carne y lodo;
y en nombre de Jesús el Galileo,
condenado serás, por el deseo
¡de no dar izada, y de tenerlo todo!

Eduardo Baro


A mi lira

(Horacio Oda XXXII, Lib. I.)

Más cantos, lira mia, te piden y quisiera
ya que te alegré, muy niño, las selvas con tus sones
hoy en latinos metros lanzar nuevas canciones
que en mi pais viviesen un año o dos siquiera.

Tus cuerdas recibieron la inspiración primera
de aquel hijo de Lesbos que en bélicas acciones,
o al conducir, luchando con rudos aquilones,
su nave al puerto, alzaba su voz sensible o fiera,

Y a Baco y a las Musas y a Venus y a Cupido,
que le acompaña siempre, cantó de amor henchido,
y a Lico el de cabellos tan negros cual sus ojos.

Oh lira; honor de Apolo, que alegras los festines
de Júpiter y al hombre disipas los enojos;
ven, y ojalá a pulsarte con gloria me destines!

G. Belmonte Müller



Una diablura

¡Pobre golondrina
la de tierno canto,
la de negras alas
que a Jesús besaron!

De africanas tierras
vino al suelo hispano
y en su incierto giro
visitó palacios,
viejos caserones
de moriscos arcos
y casitas blancas
de pintados patios.

Escogió aquel mío
para ornamentarlo
con la arquitectura
de su nido amado,
donde a tres hijitos,
sin tener descanso,
les llevaba insectos
del poblado espacio.

De un travieso niño
la inconsciente mano
le arrojó unos plomos
y la hirió el malvado.

La llevé hasta el nido
de dolor llorando,
y observé con pena
que se desplegaron
sus heridas alas
para cobijarlo.

Los hambrientos pollos
de pedir cesaron
y los tres murieron,
y se fue acabando
la preciosa vida
que cortó un muchacho
de perverso instinto,
de traidora mano.

Los ruinosos muros
de mi humilde patio,
¡qué alegres estaban!
¡qué tristes quedaron!

¡Pobre golondrina,
la de tierno canto,
la de negras alas
que a Jesús besaron!

Jesús Rodríguez Redondo